4 de agosto - Inico de Viaje

 Cartagena/El Altet / París 

Todo la mañana de este día de partida fue un tranquilo dejar pasar el tiempo, ya que nuestro avión salía de Alicante a las 9 de la noche.

Tras dejar cololocados a nuestros animales, relajadamente fuimos de compras y ya para hacer lo menos posible hasta nos compramos hechos unos bocadillos para la cena.
Saumur

Comimos sin prisa y nos sentamos a dormir la siesta. Para entonces, afortunadamente, ya si estaban las maletas cerradas y dispuestas.
Indicadores del carril bici

Pensábamos irnos a las seis más o menos, puesto que si el avión salía a las nueve, nos daba tiempo de sobra llegar al aeropuerto y hacer todas las gestiones para estar dispuestos a la hora de embarcar. Fue a esa hora, cuando, afortunadamente, a Julio se le ocurrió enviar un correo al hotel de París para informarles de que llegaríamos esa noche bastante tarde.
Chinon

Y de repente todo se alteró...Escuché la voz horrorizada de Julio que bajaba a toda prisa de la buhardilla diciendo que nuestro vuelo no salía a las nueve, que era un error, salía a las siete menos cinco… ¡vamos, pero no nos da tiempo!, decía. Saltamos sobre las alforjas, y salimos a toda prisa. Teníamos una hora para llegar al aeropuerto, facturar una maleta con objetos que no permitían en el avión y subirnos. Imposible. Ya el viaje a El Altet es más de una hora. Nos fuimos por la autovía de pago para evitarnos tráfico, ya que, incluso en pleno verano suele tener poquísimo. Julio corría todo lo que podía dentro de los límites, que tampoco era cuestión de llevarnos puesta una multa por exceso de velocidad.
Algún recodo del caudaloso Loira

Mientras llegábamos al aeropuerto hablábamos de qué hacer con el coche. Llevábamos una reserva con un aparcamiento privado cercano que nos iba a cobrar 30€ por los diez días de estancia, pero ello suponía llegar al aparcamiento y esperar a que nos llevaran al aeropuerto en una furgoneta, vamos mínimo un cuarto de hora, siendo muy optimistas que habría que añadir al escasísimo tiempo con que contábamos. De esta forma decidimos dejarlo en el carísimo aparcamiento del aeropuerto, sin saber siquiera lo que valía, pero era la única opción que teníamos de intentar llegar a coger el avión. Llegamos al aeropuerto, corrimos como locos hacia los mostradores de facturación de Ryanair, y mientras yo esperaba en la cola, Julio fue a preguntar al mostrador y allí le dijeron que no esperásemos, que el vuelo ya estaba cerrado, que intentásemos subir sin más.
Uno de los muchos bosques que atravesamos

Para entonces eran ya las siete y había poca cola en el pase de seguridad, menos mal. Nos pusimos en fila con todas las alforjas, aún sabiendo que llevábamos cosas que íbamos a facturar y que no nos las iban a dejar pasar a cabina. Y efectivamente, la chica que nos atendió nos hizo abrir la maleta grande donde llevábamos dos alforjas con líquidos, herramientas e incluso una navajita por si comprábamos cosas en los supermercados. Todo eso nos lo quitaron, pero logramos seguir adelante con nuestras alforjas y corrimos como locos hacía donde la cola de nuestro vuelo estaba ya en las últimas.

Nos colocamos allí sin llegarnos a creer del todo que estuviésemos a punto de coger el avión. Nunca nos había pasado nada igual, así que no sabíamos que iba a pasar con el exceso de equipaje que llevábamos al no haber podido facturar una maleta, pero resultó de lo más fácil. Se lo explicamos al chico que iba verificando los billetes para entrar y no hubo el menor problema, él mismo se la quedó y como no quedaba tiempo para que nadie la viniera a buscar, le puso los sellos y la llevó en persona hacia donde estaban embarcando el resto del equipaje.
Verdores del Pais del Loira

Subimos entre los últimos al avión y cuando estábamos sentados en nuestros sitios miramos y eran exactamente las siete y media. El avión se había retrasado media hora, si no hubiese sido así no nos habría dado tiempo. Aún nos duró un tiempo el nerviosismo que habíamos sufrido durante todo el trayecto, convencidos que habíamos perdido el vuelo y con él todas la reservas que ya teníamos hechas y pagadas, vamos las bicicletas de alquiler, los hoteles de las dos primeras noches, billetes de tren y autobús… y sobre todo la ilusión de hacer nuestro viaje.

Sin más y con un vuelo tranquilo, llegamos sobre las nueve de la noche al aeropuerto de Beauvais. Un autobús, del que ya llevábamos los billetes comprados por internet, nos llevó hasta el Centro de Congresos de de Porte Maillot. Aprovechamos el trayecto de más de una hora para tomarnos los bocadillos de la cena.
El cadaloso Loira

En Porte Maillot cogimos el metro, fuimos hasta la parada de La Bastilla, en las cercanías del hotel Au mad Royal. Una vez salimos del metro, el trayecto andando se hizo algo largo, por una calle llena de bares abiertos y con un ambiente no muy agradable. Vimos muchos mendigos por la zona e incluso gente durmiendo tirada en el suelo, concretamente una mujer con varios niños durmiendo en colchones sobre la acera mientras a su alrededor la gente entraba y salía de los bares.

Por fin encontramos nuestro hotel con algo de dificultad a última hora porque estaba en una calle secundaria, y no se correspondía para nada con las críticas que aparecían en internet y que eran muy buenas.
Típicas casa de la zona
La habitación que nos dieron a nosotros era diminuta, con una cama, uno de cuyos lados estaba contra la pared, y sin aseo. El aseo era un cuartucho diminuto con solo un váter en una vuelta de la escalera. Lo único bueno fue el ventilador pequeño pero muy útil ya que aquella noche hacía calor. Bueno, sólo fue una noche y estábamos muy cansados.