11 de agosto - Séptima etapa

Angers – Ancenis (73,5 km) 

Nos habían ofrecido desayuno en el hotel, pero como siempre, a precios desorbitados, así que lo rechazamos y optamos por salir a la avenida a la que daba el hotel a tomar algo en alguno de los bares que se veían abiertos desde nuestra ventana. 

Cruzamos y entramos en uno de ellos que, como nos resultó habitual durante casi todo nuestro viaje, sólo tenía bebidas y nada de comer, de modo que tras tomarnos solamente un café, decidimos buscar algún sitio donde comprar algo sólido. Menos mal que al lado, frente al hotel, había una pastisserie como unos cruasanes, caracolas y lo que nosotros conocemos por napolitanas y que allí llaman “pain au chocolat” excelentes. Compramos una de cada y nos subimos a la habitación a comérnoslas junto con un traguito de leche que habíamos comprado en un Carrefour City que encontramos a la vuelta de la esquina. 
Saliendo de Angers


Tras recoger nuestras bicis, iniciamos la etapa, que iba a ser la segunda más larga de todo el recorrido. Todavía paramos al final de la avenida para que Julio se tomara otro cafetito. 

Como venía siendo habitual, desde la puerta del hotel hasta que entramos en el típico parque enorme que se encontraba a la salida de la ciudad, todo el recorrido lo hicimos por carriles bici estupendamente acondicionados. Nos sorprendió el escaso tráfico que vimos saliendo de la ciudad y la escasez de peatones, a lo largo de todo el recorrido, a pesar de ser lunes por la mañana. Supusimos que, como en el resto de pueblos desiertos que fuimos atravesando, sus habitantes estaban haciendo lo mismo que nosotros, es decir, pasar sus vacaciones veraniegas en otro lugar que su residencia habitual. 

Hacía buen tiempo cuando salimos de Angers, tanto que ni siquiera nos habíamos puesto el chubasquero como solíamos hacer todos los días. Así que durante un rato pudimos deambular en manga corta y con sol.

Atravesamos un pueblecito con buenas cuestas y a mitad paramos en una placita con una pequeña iglesia. El pueblo era Savennieres y estuvimos allí un rato tomando un café en una terracita de la plaza
Placita de Savennieres
. De paso y, aprovechando que era uno de esos establecimientos que nos fuimos encontrando por los pueblos que actuaban de oficina de la Poste, compramos un par de sellos, ya que nos iban a faltar para los días de París. 


Disfrutamos un ratito de sol, de los que no hubo muchos. Seguimos y salimos del pueblo con buen tiempo, pero cuando llevábamos un rato y recorríamos una carretera sin la menor protección de arbolado, se nubló repentinamente el cielo y apenas nos dio tiempo a colocarnos el chubasquero y las protecciones de las alforjas. El chaparrón que nos cayó encima, una vez más, fue de narices. Mojados de nuevo hasta los huesos, llegamos a un cruce, donde ya se refugiaban tres chicos bajo un árbol. Había un restaurante pero ya ni merecía la pena entrar porque íbamos ya demasiado calados y tampoco era hora de comer.Cuando paró algo la lluvia, seguimos y el tiempo fue mejorando. 
Puente de acceso a Montjean-sur-Loire


Con mejor tiempo llegamos a Montjean-sur-Loire. A la entrada del pueblo cruzamos un enorme puente sobre el río y pudimos contemplar unas curiosas construcciones de antiguas minas de carbón.

Restos instalaciones mineras en Montjean

Seguimos avanzando y encontramos que en el pueblo había un puerto y gran cantidad de restaurantes. Allí si encontramos algo de ambiente  de veraneo.

Montjean-surLoire. Hubiera sido un buen sitio y momento para parar a comer, ya que era alrededor de la 1 de la tarde, pero preferimos seguir ya que aún nos quedaban 30 km para terminar la etapa y el viento iba en aumento. 

Paramos allí un ratito, junto a una zona de acampada junto al río donde había varias familias comiendo en un parque lleno de curiosas esculturas.

El siguiente tramo fue bastante duro, ya que transcurrió por una carretera bastante alta con respecto al nivel del río y donde el viento azotaba con fuerza. Hasta Saint Florent le Vieil fueron unos 15 km, los más duros que recuerdo de todo el recorrido. 
Restos instalaciones mineras en Montjean

Eran casi las dos cuando llegamos por fin a este pueblo para encontrar que a nivel del río no había nada abierto. Los pocos bares que se anunciaban estaban cerrados, así que Julio decidió subir por una calle que según un indicador llevaba hasta la plaza del ayuntamiento para buscar algún restaurante abierto. Al ratito bajó y si, había un par de restaurantes abiertos y que ofrecían menú, pero en la plaza más alta del pueblo y realmente, la calle era muy larga y empinada. No teníamos otra opción si queríamos tomar algo y descansar, así que, empujando la bici, llegamos hasta dicha plaza tan contentos y deseando comer. Pero, para nuestro disgusto en el primer restaurante que preguntamos nos dijeron que como pasaban unos minutos de las dos ya no hacían comidas puesto que cerraban la cocina precisamente a esa hora, así que, solamente nos ofrecieron un par de “sándwiches” (para los franceses eso significa un bocata puro y duro). Lo intentamos en el segundo restaurantes y en ese aún fueron menos colaboradores. En este caso la negativa a darnos de comer fue total. Volvimos con el rabo entre las piernas al primer restaurante y nos tomamos allí un par de bocatas de foie gras con pepinillos que nos supieron a gloria. 
Saliendo de Saint Florent le Vieil


Tras la comida anduvimos un rato por una placita que se encontraba al lado y que aparte de una iglesia lo mejor que tenía eran unas vistas espectaculares desde esa enorme altura sobre el río. Tras el descanso y la comida, mucho mejor de ánimo, salimos para hacer los alrededor de 15 km que nos quedaban para Ancenis. 
Señalización del Camino de Santiago saliendo de Saint Florent le Vieil



El viento no había calmado pero en esta ocasión el camino nos llevó todo el rato junto al río por una zona baja y entre bosques, con lo cual el viento prácticamente no se notaba. Sin mucho más llegamos hasta Ancenis. Bueno, primero hasta un puente gigantesco que tuvimos que atravesar para llegar al pueblo. Era algo absolutamente interminable, pero menos mal que, como casi siempre, pudimos atravesarlo por un carril bici cómodo y amplio. Una vez que alcanzamos el pueblo no sabíamos que aún nos esperaba un buen rato hasta encontrar nuestro hotel. Lo único que habíamos podido encontrar en este pueblo tras no hallar nada en Saint Florent, fue un hotel que resultó estar bastante alejado de Ancenis y este que no hubiera sido preocupante llevando una bici, resultó un problema porque para llegar a él y tras dejar atrás el pueblo, había un tramo de carretera sin arcén y con muchísimo tráfico. 

Al final tuvimos que empujar la bici un rato por la zona de tierra que había junto a la carretera. Preguntamos al recepcionista, que como casi todos los que nos fuimos encontrando, nos habló en un francés rápido y sin concesiones a unos extranjeros que apenas conseguíamos unir algunas palabras en su idioma, pero el caso es que pudimos entender que no había medio de transporte público alguno entre el hotel y el pueblo. 
Saliendo de Saint Florent le Vieil hacia Ancenis

Triste y solitario aspecto de Ancenis
Decidimos llamar un taxi y quedamos en que nos recogería a las siete y media. La taxista no hablaba otra cosa que francés y resultó difícil entenderse con ella, Al final nos llevó a un centro comercial porque pensó que queríamos cenar, pero en realidad lo único que queríamos era encontrar un supermercado para comprar algo para el desayuno del día siguiente y además ver el pueblo.
Puente por el que accedimos a Anzenis
Al final nos dejó en la puerta de un supermercado y quedamos en llamarla sobre las diez y media para que nos recogiera donde estuviésemos. Compramos no sólo para el desayuno sino también para la cena y menos mal, porque en el paseo por el pueblo estaba todo absolutamente desierto y cerrado. Casas con las persianas echadas, calles vacías, bares y restaurantes cerrados. Nadie por las calles. Viendo el panorama cambiamos de idea y con nuestra compra decidimos volver andando al hotel. Realmente no había nada que hacer por ese pueblo tan desierto. No fue tan duro y llegamos sin más problemas. Cena y tele en francés fue el final de nuestro día.